(por una fotografía en la que salía del palacio de justicia un viejo torturador de una dictadura cualquiera, protegido por unos cuantos polícias ante la rabia de la gente. Una lata de cocacola vuela por los aires en busca del asesino)
Probablemente ese viejo coronel lo único que recuerde de esta fotografía sea el bote de coca cola que vuela por los aires ¿Para qué recordar lo accesorio? Ni los policías pertrechados en sus uniformes verdes con sus gorras de plato, todos rodeándole diligentemente, cumpliendo con su deber, ni los gritos de los muertos, ni la cólera húmeda de la gente a las puertas del palacio de justicia, ni la canícula hiriente de ese día de verano gangrenado. El viejo torturador no recordará su pelo canoso y engominado, su soledad, su rostro azulado, su camisa azul, las voces también azules que vienen del fondo del mar. No se recordará asustado y cobarde, ausente, mirando hacia la nada de sus zapatos manchados de sangre. Mojado, zarandeado, camino de un “vía crucis” sucio donde se rememoran las balas de carabineros somnolientos disparando al relente rabioso de un chaval de diecisiete años. ¿Y para que recordar el daño colateral causado a la aurora? De esa fotografía el coronel se quedará con el bote de coca cola ribeteando el aire también azul con multitud de gruesas gotas doradas, a modo de papel de fiesta y confetis, y él subido en su imaginario y delirante Cadillac descapotable, atravesando ante el fervor del pueblo la quinta avenida de los salvadores de la patria…