
Es hora del desgobierno de los libros. La trepidación de una primavera ilustrada que corroe las cuatro esquinas de mi cuarto. Pueden ser doscientos o tal vez trescientos, el caso es que cuidan de mí y de la imaginación cuarteada que recuenta mis páginas y mis días. Al principio estaban sin más, su presencia no era más determinante que un pantalón de pana arrugado encima de la cama, o que la vieja maleta al fondo de una estantería. Pero pronto fueron tomando posiciones, y ahora su dictadura roza la eugenesia lírica de transcurrir. Los zapatos, los lapiceros, la ropa interior, la rosa seca de Praga, las bufandas que se hunden en su verticalidad de felpa, todo se acaba plegando a sus designios con la abnegación furibunda del perdedor. Mi gato se pasea entre ellos. Está de su parte desde el principio. Mi gato conoce el secreto que albergan en sus vísceras cosidas. Los observa días enteros. Ellos asienten ante la cólera hermosa de los ojos del gato.
Ellos trazan las fronteras. Su mano de hierro se extiende a los límites de mi cuarto, en el resto de habitaciones gobierna una asepsia ciega. Allí no llega su capacidad de ensimismamiento, su ensoñarse contra la fe teleológica del paso del tiempo. Fuera de su jurisdicción, los objetos descienden a la categoría de cosas, y respiran, y sudan, e interaccionan con la luz y los espacios abiertos. El gato pasa incólume entre las sillas metálicas de la cocina, o entre el paragüero verde del salón. Él sabe que entre el orden, las esperanzas de una poética de la insurrección son prácticamente nulas. Quiere a los libros. Igual que yo. En el otro lado de las cosas, ellos nos contemplan ansiosos por suministrarnos preguntas y libertad…



